Homilia en la solemne misa pontificia de requiem por el Obispo Joseph Grech

6 de enero de 2011

A las tres de la tarde del 28 de diciembre - la hora de la propia muerte del Señor â - Joseph Angelo Grech, sexto Obispo de Sandhurst, expiró su Último aliento. Estábamos bien entrados en la Octava de Navidad donde estábamos celebrando el nacimiento, aunque la sombra de la muerte dominaba en la fiesta de los Santos Inocentes en la que murió el Obispo Joe. Su fallecimiento fue pací­fico - de hecho fue apenas perceptible.

La mayorí­a de nosotros estábamos de pie al lado de la cama, pero el P. Karmel Borg, amigo maravilloso y consejero sabio para Joe durante muchos años, estaba sentado un poco alejado, observando el monitor que mostraba the ebbing de la vida. Fue Karmel el que advirtió el momento de la muerte, se puso de pie, se acercó a la cama y dijo de un modo que nunca olvidará, Adiós, Joe. Habí­a tanto encerrado en esas palabras sencillas - palabras tan humanas tan llenas de fe, tan llenas de amor y agradecidas: Adiós, Joe. Son palabras de las que nos hacemos eco esta tarde, palabras de despedida y gratitud cómo sólo las pueden pronunciar los cristianos ante la muerte. Caminando, alejándome del hospital, pensê en el poema de T. S. Eliot - El viaje de los Magos, imaginó palabras dichas por uno de los Magos ya anciano, que son adecuadas en este 6 de enero: ¿nos llevaron tan lejos por un nacimiento o por una muerte? Hubo un nacimiento, tenámos pruebas y ninguna duda. Yo habí­a visto nacer y morir, pero pensaba que eran distintosâ. ¿Fue una muerte o un nacimiento de lo que fuimos testigos el 28 de diciembre? Desde luego, hubo una muerte, tení­amos pruebas y ninguna duda. No había vuelta atrás para Joe. Pero con toda seguridad había un camino hacia delante un gran nacimiento en Dios, prefigurado hace mucho en el bautismo de Joe.

En la vida del obispo Joe, existieron muchas muertes pequeñas para prepararle para la muerte que llegó la semana pasada. Le conocí por primera vez hace cuarenta años cuando vino para comenzar sus estudios teológicos en la Facultad Corpus Christi de Melbourne. El arzobispo Gonzi de Malta les habí­a dicho a sus muchos seminaristas que podí­an ir a cualquier sitio del mundo para terminar su formación, trabajar durante siete años en la diócesis de su elección y luego decidir sí­ o no regresar a Malta. Al principio Joe querí­a ir a América, pero finalmente se decidió por Australia y vino a Melbourne. Se adaptó rápidamente, demostró ser un estudiante brillante y un buen compañero, se ordenó en Malta en 1974 y regresó a Melbourne a trabajar. Después de los siete años asignados, Joe decidió quedarse de por vida. Y cómo nos beneficiamos todos nosotros. Un momento crucial para Joe llegó al principio de su vida sacerdotal cuando fue tocado por la Renovación Carismática, y que apropiado es que las lecturas de esta Misa hayan hablado del don del Espí­ritu Santo. El ministerio de Joe fue de muchas maneras la obra de arte del Espí­ritu Santo.

Tenía algo del toque de Pentecostés, el sentido de un nuevo comienzo, aunque las raí­ces del mismo ahondaban profundamente en la herencia poderosa de la fe maltesa. Al principio, la Renovación Carismática se veí­a como algo exótico, incluso un poco sospechoso. Joe ya era bastante exótico siendo maltés, pero ser maltés y carismático significaba que su exotismo valí­a por dos. Volviendo ahora la vista atrás, puedo ver que la carrera de Joe Grech refleja la manera en la que la Renovación Carismática ha pasado de los márgenes de la vida de la Iglesia al mismo centro. Su influencia está ahora en todas partes. Después de algunos años como coadjutor, Joe fue nombrado párroco de East Brunswick, que se convirtió en un centro de vida católica vibrante bajo la influencia de la Renovación Carismática. Luego fue enviado a estudiar a Roma, y esto adia amplitud y profundidad al impulso carismático que se iba haciendo más fuerte en su vida. A su regreso de Roma, Joe fue nombrado capellán a tiempo completo de la Renovación Carismática en la Archidiócesis, y esto le convirtió en padrino de los muchos grupos de oración, especialmente de los de habla italiana, que surgieron por todo Melbourne y más allí.

También fundó escuelas de evangelización que despertaron el poder para la misión, convirtiendo a los oyentes de la Palabra en heraldos de la Palabra. Todo esto fue un ministerio crucial, que sin el cual muchos se hubieron ido a otro lugar. También nos ayudó al resto a ver que el único camino hacia delante para la Iglesia es hacerse más misionera. Pero de algún modo hizo que Joe pareciera una presencia marginal en la Archidiócesis, una figura cada vez más exótica a la que algunos subestimaron, como le sucedió en distintos momentos a lo largo de su vida. Un signo de que las cosas estaban cambiando en la Iglesia fue cuando el arzobispo Pell eligió a Joe para ser director espiritual del seminario, un nombramiento que sorprendió a algunos que o bien no conocí­an a Joe o le subestimaban. La misma reacción sucedió cuando substituyó al Vicario General durante un tiempo, e incluso más cuando fue nombrado obispo auxiliar de Melbourne. El aparentemente hombre exótico de Malta se habí­a colocado con decisión en el centro, y ase era un signo de lo que estaba sucediendo en la Iglesia en este paí­s y por todo el mundo. Para Joe, supuso dejar atrás muchas de las cosas que querí­a: ¿fue una muerte o un nacimiento? Su ordenación episcopal - a la que desgraciadamente no pude asistir - fue a decir de todos una ocasión inolvidable. Fue un triunfo no tanto para Joe mismo como para todos aquellos que se habían sentido en el margen de la vida de la Iglesia, especialmente quizás aquellos de comunidades étnicas que no pertenecían a la tribu anglo-celta.

El obispo Joe se trasladó después a la región occidental de la archidiócesis para la que parecí­a tan apropiado. Ell claramente pensaba que allí­ pasarí­a el resto de su vida. Comenzó a planear y a construir una casa en West Footscray - ¡y que casa! Conocida cariñosamente como Casa Costalot, estaba casi terminada cuando el obispo Joe fue nombrado para la diócesis de Sandhurst. Nunca vivió en la casa que construyó, pero yo si­ lo hice: asi que gracias, Joe... te lo agradezco mucho. El nombramiento a Bendigo fue una bomba que él no vio venir, y hasta el día que murió, creo, que le daba vueltas sorprendido. ¿Fue una muerte o un nacimiento? No importa lo que se sorprendiera, Joe se dedicó a la misión con todos sus dones. A la diócesis trajo fe, energí­a, humanidad, entusiasmo, animo, sencillez a todos dones del Espí­ritu. Se convirtió en un obispo de monte, y sólo porque Jesús es Señor. El obispo Joe podí­a estar intrigado por la llamada, pero escuchó en ella la voz de Jess. “A anunciar la buena nueva me ha enviadoâ (Isa 61,1): esa fue su respuesta. Así­ que salió al monte, a Bendigo y mucho más allí. El chico de Balzan habí­a llegado muy lejos. Por esta época, el obispo Joe se estaba convirtiendo cada vez más en una figura internacional dentro de la Renovación Carismática, y podía haber estado a tiempo completo viajando por el mundo como predicador y maestro. Las invitaciones le llovían, y no era fácil para Joe equilibrarlas con sus crecientes compromisos en la diócesis y en la Conferencia Episcopal. A veces la gente se olvida de que todos los obispos están comprometidos a tres niveles: local, nacional e internacional. La mayorí­a de las personas ven sólo lo local. Pero algunos obispos están comprometidos más que otros en los niveles nacionales e internacionales y Joe Grech era uno de ellos. Aquí­ hoy es bueno que recordemos que la muerte del obispo Joe será llorada por todo el mundo porque era un gran servidor de la Iglesia universal.

A pesar de toda su vivacidad, existí­a una lado oscuro para el obispo Joe especialmente quizás después de su roce con la muerte cuando surgiá su afección de la sangre la primera vez. Me habló de cómo esa enfermedad habí­a debilitado su confianza; habló del peso de la soledad, especialmente cuando viajaba solo; habló de cuán estresante le parecía el conflicto que le llega a cualquier obispo; habló de un cansancio persistente de hecho una vez se me quedó dormido en una comida en Roma. Sería mi conversación chispeante. De maneras no siempre obvias, el obispo Joe tuvo que luchar con el angel oscuro, solo y a medianoche. Sin embargo muchas de las mejores cosas de Joe Grech surgieron de esa lucha. Llevaba una cruz, pero era la Cruz del Señor porque lejos de destruirle, le hizo lo que era. ¿Fue muerte o fue nacimiento? Nos reunimos en la Catedral del Sagrado Corazón para decir, adiós Joe. Pero también decimos, Gracias, Joe: grazzi hafna!” Gracias por tantas cosas hermosas y sorprendentes a través de tu hermosa y sorprendente vida, interrumpida de un modo que ni tú ni nosotros esperabamos. Cuando ese tipo rechoncho y bajito de Malta llegó a Melbourne hace cuarenta años este mismo día, ¿quién iba a imaginar el camino que se abría ante el? ¿Quién iba a pensar que lo enterrarí­amos como obispo de Sandhurst? Qual extraño, qual sorprendente ha sido todo, pero qual maravilloso y cuínto ha tenido de don.

Por eso nuestras gracias no son solo al obispo Joe sino a Dios que es Aquel sin el cual nada acerca de Joe Grech puede entenderse, nada en la vida y nada en la muerte. Mientras salía al sol alejándome del lecho de muerte, pensó en los Santos Inocentes. Tuve una visió alegre de los bebés de Belén, ahora todo sonrisas, tomando a Joe de la mano y llevándole a Dios al otro lado de la muerte y diciéndole a Dios, - Mira a quién nos hemos encontrado -. Estoy seguro de que Joe, estarí­a como pez en el agua con los pequeños. Habí­a algo agradable de niño en él, siempre fue genial con los jóvenes. Dios reconocerí­a a Joe inmediatamente y le dirí­a simplemente, - Gracias por todo lo que has hecho, siervo bueno y fiel, testigo apasionado y alegre. Y Joe responderí­a de esa manera tan suya, - Alabado sea Dios. Joseph Angelo Grech nació el 10 de diciembre y murió el 28 de diciembre; fue ordenado sacerdote el 30 de noviembre y obispo el 10 de febrero todo en el verano . El tenía mucho de fruto de verano, tení­a mucho de hijo del sol: ¿cuan a menudo la gente decí­a que era cálido? Pedimos ahora, con la fe de la Pascua, que, más allí del gran nacimiento, el obispo Joe entre en el domingo eterno de Dios, donde el sol nunca se pone y donde la paz es completa, la paz de la tranquilidad, como dice San Agustín, la paz del Sabbath, una paz sin atardecer (Confesiones). Dale, Señor, el descanso eterno, y brille para el la luz perpetua. Que descanse en paz. Amén. Mark Coleridge Arzobispo de Canberra y Goulburn



Twitter Facebook Email Print
© 2015 ICCRS. All Rights Reserved.